martes, 3 de junio de 2008

Las Arribes del Duero

Este pasado fin de semana, desde hace ya un tiempo, teníamos planeado ir a pasarlo a Potes, e inaugurar la temporada de camping, pero... el tiempo no estaba por la labor, así que hubo que buscar alternativas, porque no estábamos dispuestos a a quedarnos en casa. Finalmente, el viernes por la tarde, vimos que había opciones de alojamiento bajo techo razonables y, conscientes de la probabilidad de lluvias, elegimos destino: Las Arribes del Duero.

El sábado nos pusimos en ruta dirección a Zamora, y nuestra primera parada fue en Fariza de Sayago, donde teníamos que ver la Ermita ¿de la Virgen del Castillo? y su mirador al Duero. El cielo estaba cubierto y gris, pero nos respetó. La ermita es muy sencilla, y está rodeada por un prado con mesas y asientos de piedra que piden sacar el almuerzo. Caminando unos minutos llegamos al mirador, donde por primera vez admiramos Las Arribes del Duero. A nuestro lado España y del otro lado Portugal; el Duero y las escarpadas vertientes sirven de frontera natural.

Y ya que teníamos Portugal a la vista, decidimos acercarnos a Miranda do Douro. Se hace curioso atravesar estos puestos fronterizos abandonados; este incluso tenía una máquina de refrescos envejecida, que parecía abandonada con lo demás. Inmediatamente después, la carretera aprovecha la presa de un embalse para cruzar el Duero, y tras una subida, en lo más alto, el pueblo. Dejamos el coche en un aparcamiento y, pasando por el mercadillo, llegamos al casco histórico. Se hace evidente el carácter comercial del pueblo, no sólo por el mercadillo, sino también por la cantidad de tiendas que hay en la calle por la que nos acercamos a la plaza. Allí, una exposición de lo más curiosa: una plaga de carretillos, empleados a modo de jardineras móviles, y en cada uno de ellos indicado el curso que lo había hecho. ¡Qué buenas manualidades escolares!

Nuestro siguiente objetivo, ya de vuelta a España, fue Fermoselle, un pueblo que nos pareció bastante complejo de recorrer. Parecía como un "ocho" que se extendiera por dos colinas, de calles estrechas y circulares. Empezó a llover y nos fuimos espantados, sin haber sabido admirar el pueblo. Además el hambre apretaba y decidimos ir al hotel para comer. El camino se hizo largo y llovía "a mares", así que cuando llegamos, devoramos unos bocatas de paletilla ibérica, y nos entregamos a la siesta.

El hotel se llama La Jara y está en Aldeadávila de la Rivera; un sitio recomendable y de precio muy razonable. Tras despertar de la siesta reparadora, estaba escampando, y nos acercamos a la oficina de turismo, que estaba al otro lado de la calle. Decidimos aprovechar el resto de la tarde para ver la Playa del Rostro, playa artificial de la que salen barcos que recorren el Duero. También intentamos, sin éxito a pesar del empeño, llegar al cercano Mirador de Marita.

A la mañana siguiente nos acercamos a Picón del Fraile, al que se llega en coche, y al Picón de Felipe, al que lleva un sendero muy gratificante. Dice la leyenda que un tal Felipe, enamorado de una portuguesa iba allí a despeñar piedras para hacer un puente y poder cruzar al otro lado del río. Otra versión cuenta que desde allí se tiró por mal de amores; me quedo con la primera, ¿qué sentido tiene suicidarse en un sitio de tal belleza?. Desde allí pudimos disfrutar del majestuoso vuelo de algunas rapaces, y nos acordamos de nuestro amigo Diego, gran aficionado a fotografiar aves.

Después fuimos al Poblado del Salto de Aldeadávila. Parece ser que el poblado se construyó para los trabajadores de la presa, y disfruta de un micro clima mediterráneo que le hace gozar de naranjos, cerezos... Multitud de carteles dicen que se respeten las flores y los frutos, y así debe ser, porque el suelo estaba lleno de naranjas. Cruzamos todo el poblado y llegamos a la entrada al interior de la presa, aunque tuvimos que leerlo, porque el aspecto era el de una iglesia o algo así. Parece ser la obra del escultor Pablo Serrano Aguilar, premio Príncipe de Asturias de las Ártes de 1982. Entre las curiosidades del interior de la presa parecen estar el rodaje del angustiante final de La cabina, con José Luis López Vázquez.

Ya después del primer tiento al hornazo, nos acercamos a Masueco, para ver el Pozo de los Humos. Dejamos el coche en el centro del pueblo, y desde allí seguimos un camino, cuya primera parte es transitable en coche, y que después se torna en una fuerte pendiente cerrada al trafico. En unos cuarenta minutos se llega al mirador superior, y dado lo lluvioso de este mayo, tuvimos la fortuna de disfrutar del espectáculo del vapor de la cascada de 50 metros del río Uces, afluente del Duero. Otro mirador nos llevaría a la parte baja de la cascada, pero no lo tomamos. De vuelta en el pueblo, compartimos la migajas de nuestro hornazo con un nuevo amigo canino errante.

Como colofón de la jornada, la vuelta la hicimos por Salamanca en lugar de por Zamora, y así pudimos programar una parada para tomarnos un helado en Novelty y pasear un poco. Como sorpresa final, cuando estabamos en la Plaza Mayor, oí que me llamaban, y allí estaba mi compañero Ricardo, salmantino él, que no conocía Las Arribes, así que le contamos un poco.

1 comentario:

Oscar dijo...

Aprovecho que Roberto esta de vacaciones para inaugurar este post.
Solo una pregunta.. ¿que hicisteis con las Dahon? Por que a este paso vais a tener que cambiar el titulo del Blog :-)
pd.- La zona muy bonita.. tiene buena pinta la excursión

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