lunes, 21 de abril de 2008

Las Médulas

Ya hace unos quince días, aprovechando el buen tiempo, y sin bicis, decidimos que era el momento de saldar la deuda que teníamos pendiente con Las Médulas, uno de esos sitios al que queríamos ir, pero que nunca encontrábamos el momento: unas veces por exceso de calor, otras por el barrizal que se montaría con la lluvia... El caso es que todo apuntaba a un día sin una nube en el cielo, así que nos pusimos de camino. La primera sorpresa es que no estaba tan cerca como nos habían dicho "poco más de dos horas, sin correr", y es que a veces tengo la sensación de que somos cuatro los que respetamos los límites de velocidad. Y una vez más me viene Finlandia a la cabeza, cuando casi una decena de finlandeses han muerto en un accidente de tráfico en Málaga, provocado por el conductor de un todoterreno, ebrio, y con exceso de velocidad; algo inconcebible en Finlandia, donde, sin necesidad de policia por doquier, se respetan los límites de velocidad.

Volviendo a Las Médulas, tras casi tres horas de coche, compramos una excelente hogaza en Carucedo -en realidad dos-, y cruzamos Orellán para llegar a su mirador. Desde lo alto se tiene una excelente vista del conjunto, y se aprecian las proporciones, y sobre todo se sorprende uno del ingenio y la ingeniería de los Romanos. Allí hicimos un amiguito canino, un "Malacara" que se nos unió y nos acompañó mientras estuvimos allí. También allí me di cuenta de que había olvidado la tarjeta de memoria de la cámara de fotos, y asumí que tendría que ceñirme a la memoria interna de la cámara: 24 fotos de dos megapixels, como los carretes de "nuestros antepasados".

Nos dirigimos al pueblo de Las Médulas, un pueblo cuyo único fin parece el turismo. Allí aparcamos en un pequeño aparcamiento que hay a la entrada, preparamos los bocadillos, y comenzamos a caminar. Hacía calor, y no quisimos imaginar como hará por allí en pleno verano. Por el sendero pudimos pasear entre los picachos y los castaños deshojados, y pudimos ver la Cuevona y la Encantada, pero no pudimos beber agua en la fuente de la Tía Bibiana, porque estaba seca. En apenas un par de horas, con todas las paradas necesarias, incluso para dar cuenta de los bocadillos volvimos al pueblo, y allí tomamos otro sendero que nos llevaba al lago Sumido, donde también se notaba la falta de agua. Desde allí sorprende la vista de Las Médulas, e incluso diría que me gustó más que la vista desde el mirador de Orellán. Poco más adelante está el mirador de las Pedrices, pero hasta allí no llegamos. Al volver a cruzar el pueblo, por enésima vez, el "abuelo" nos ofreció los productos de la tierra, y nos recordó a aquel hombre que en numerosas ocasiones nos ofrecía "chocolate" en Lisboa, previo saludo con el sombrero, por supuesto.

Ya de vuelta a casa hicimos una breve parada en Astorga, lo justo para ver la catedral y admirar el Palacio Episcopal de Gaudi. Bueno, y para comprar unos dulces de la tierra con los que reponer fuerzas, destacando en especial los Nicanores de Boñar, con el inconfundible aroma de la pura mantequilla de vaca. Mmm...

3 comentarios:

Roberto Santana dijo...

Ya lo he leido

Oscar dijo...

Lo de salir de viaje sin poder hacer fotos no debería ser problema para ti, recuerdo tiempos en los que hicimos largar excursiones, en las que solo hiciste una foto de un arco de una iglesia, que ni siquiera llegué a ver...

jonatan dijo...

No sé si me han dado más ganas de visitarlo por el paisaje o por los nicanores, que tienen una pinta...

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